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Dekapentavgoustos

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La niña deja la escoba apoyada sobre la pared encalada y se seca el sudor que le gotea la frente. Lleva una falda larga que le cubre las piernas hasta el tobillo. Encima, un delantal y arriba una camiseta de algodón de propaganda de alguna marca que desconoce. Trabaja doce horas diarias en silencio. No se queja. Se limita a hacer sus tareas y a aprovechar los descansos para comer un poco de
pan con queso o picotear aceitunas. Sueña imaginando a donde irá cuando ahorre algo de dinero.

Se fija en la pareja de jóvenes que sonríe, mientras se toman un tazón de leche con tostadas. Le gustan. Él anda siempre con su cámara de fotos colgada al cuello. Lo retrata todo, sin tapujos, mientras ella lo regaña de vez en cuando por tanta osadía.

“La chica insiste con los ojos. Dime la verdad,….”

Ayer noche les escuchó, hablando con el casero. El señor barbudo y viejo que regenta la pensión se lo contó todo de corrido. Cada verano lo mismo, llegan unos días antes, pero no nos da para el negocio, se instalan en descampados con sus carros, y esperan el día quince. Cargados con sus hatillos, formando largas colas en los ferrys que también llevan a turistas humildes, no cómo los adinerados que reservan cruceros especiales de lujo. Para el Dekapentavgoustos ya están todos aquí, con sus mejores galas, dispuestos a venerar a la virgen.

El año pasado se lió gorda, les contó. Una chica gitana llevaba un vestido robado, con la alarma pegada a la espalda. Unos jóvenes se rieron de ella y la familia se enfadó. Acabaron a golpes, los gritos y los insultos se oyeron desde la playa. Fue todo muy desagradable. La chica no hacía más que llorar y las mujeres, a su alrededor, la consolaban. Luego, ella se arrancó la alarma, rasgando el
vestido, y se fue corriendo. Estuvieron buscándola toda la tarde y toda la noche. Nadie sabe dónde fue. Desapareció.

Los chicos escucharon con atención. ¿Qué debió ser de ella? Murmura la chica. El hombre negó con la cabeza, quién sabe, se esfumó. Eso contaron, hace años que no voy a la iglesia ese día, es cuanto más trabajo tenemos aquí. La niña lo oyó todo sin querer. Por estar en la cocina recogiendo cacharros y preparando los desayunos de la mañana. Las manos le temblaron y rompió un vaso, le resbaló y se estrelló contra el suelo. Nadie se dio cuenta. Hoy tan solo reza para que el día discurra lo más de prisa posible.

El hostelero le ha dicho si quiere tomarse un rato para ir a la iglesia, pero ella niega rotunda. La pareja la observa de reojo. El chico querría tomarle una foto pero no se atreve a preguntarle. La niña lo nota y baja la mirada cada vez que se lo cruza de frente. La chica, más dulce, no le da pavor. La chica se le acerca un momento, sonríe, ella tiembla. ¿Cómo te llamas? No sabe por qué se lo pregunta y ella no quiere responder. La chica insiste con los ojos. Dime la verdad, insiste con una firmeza cálida. Ella murmura un, Jayah, tan leve que casi no se oye. A ella no puede mentirle y no sabe por qué.

La chica se aleja, se acerca al hostelero y le susurra algo al oído. El hombre la mira incrédulo, niega, no lo sé, no lo recuerdo, mi mujer lo sabrá, espere que le pregunte, da un alarido. La mujer responde, se llamaba Jayah. El hombre sigue con su trabajo, la chica sonríe, mira a la niña Jayah y le guiña el ojo.

Relats de

Jayah

Jayah

maig 24, 2017
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maig 17, 2017
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maig 10, 2017

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