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Jayah

Jayah

El sol cae a plomo sobre las paredes bancas de la iglesia. Las baldosas relucen tras haber sido abrillantadas para la ocasión. Las alfombras rojas trazan el recorrido que cruza los jardines desde la verja principal, subiendo la escalinata, hasta el interior del templo. Multitud de peregrinos se amontonan en el interior para ver la imagen de la virgen milagrosa.

Jayah espera fuera. Observa tras los barrotes de hierro. Llevan tres días acampados. El carro, los hatillos, las ropas para la ocasión. Su madre le grita desde lejos. Jayah, deja ya de curiosear y ven a vestirte que tenemos que entrar. Su padre fuma sentado en una banqueta de madera. Las primas se prueban vestidos, de color rosa, blanco, lila, con bordados de perlas menudas, con puntillas, de raso chillón, telas enguatadas. Jayah contempla el vestido que le ha preparado su madre. Ahora ya eres mayor le espeta, tienes que vestirte de mujer. Jayah siente vergüenza. Desde que le vino el primer período que todo ha cambiado. Cómo la tratan, cómo la visten, lo que esperan de ella. Quiere volver a ser niña y gozar de libertad, correr con los chicos y una lata oxidada en la calle, sentarse en el regazo del abuelo, jugar a la rayuela con las demás niñas. Sin embargo, ahora debe alejarse de los chicos, ayudar a su madre con las labores, no alejarse a solas con nadie.

El vestido yace sobre un almohadón. Es rosa. Rosa palo. Lleva unos encajes muy finos alrededor del bajo y también en la cintura. Su prima Sounya entra ya arreglada. Lleva un vestido azul turquesa de raso y se ha maquillado exageradamente. Da dos vueltas ante Jayah y sonríe. ¿No es precioso? Jayah asiente. Anda, vístete ya que nos vamos, le espeta su madre.

“esperan, se preparan, repasan las oraciones, se visten, se maquillan, celebran, recogen y se vuelven….”

Jayah se pone el vestido rosa. Le va algo apretado del pecho. Anda, mira que tetas se le han puesto a la niña, grita la madre a la cuñada. Jayah enrojece. Sounya se ríe a carcajadas. Los hombres cargan las ropas en el carro, anudan los hatillos, las mujeres recogen los cacharros. Llevan dos días acampados para no perderse la gran fiesta. Quince de agosto. El día de la virgen. Jayah lleva semanas con los preparativos, los nervios, la familia cargada en la cola del ferry que los llevaba a la isla. Cada verano la misma ruta. Andar, cargar, hacer cola, navegar, acampar. Llegan a Tinos sobre el día 13, esperan, se preparan, repasan las oraciones, se visten, se maquillan, celebran, recogen y se vuelven.

Jayah está vestida. Le aprietan las costuras y no se siente cómoda. Sounya la maquilla; no se gusta. Todas se afanan orgullosas y coquetas menos ella. Ascienden la calle que lleva a la iglesia de Panagia. Madre, me molesta el vestido en la espalda, se queja Jayah. Nada, hija, cállate y anda.

En cuanto llegan a la puerta los hombres se alejan, las mujeres se amontonan, se arrodillan sobre la alfombra roja. Primero las mayores, luego las jóvenes. A cuatro patas, recorren la alfombra roja que lleva al interior de la iglesia. Peregrinaje. Lanzan oraciones al viento.

Jayah las sigue, imitándolas. No entiende el porqué de ese acto, le duelen las rodillas y avanza incómoda. Ni se le ocurre objetar. Los turistas y otros paseantes los observan. Un grupo de jóvenes la mira con sorna. Se ríen a carcajadas mientras la señalan. Jayah enrojece. Mirad a otra parte, espeta en sus adentros, aunque no osa verbalizarlo en voz alta. Se limita a repetir las oraciones como un mantra. Un chico desvergonzado la señala y la increpa. Habla un griego de acento cerrado pero que ella todavía comprende. ¡Tanto rezar gitana y eres una ladrona! Jayah no comprende. Ella no es una ladrona. El sudor le cae a goterones por la frente, el vestido le pica, los hombros se le tensan. Percibe algo que le molesta. Se rasca la espalda, hay algo en el vestido. Sounya, por favor, ¿qué tengo aquí que no puedo más? ¿Por qué se ríen de mí? Porque llevas la alarma del vestido, aclara Sounya, es robado, pero tú ni caso. A Jayah le resbalan las lágrimas sudadas.

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